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BANDEJAS Y BUÑUELOS

Por 21 de octubre de 2016 agosto 6th, 2020

(relato participante en el concurso de historias de miedo, organizado por ZENDA y patrocinado por IBERDROLA)

– Siguiente… ¡Siguiente! – La empleada levantó la mirada en un gesto miserable, de los que solía adjudicar a los lentos y decrépitos ancianos que poblaban el comedor de la residencia. Su tiempo era oro y el de ellos… estaba agotado-. ¡Matías! Todos los días la misma serenata.

Ese lunes Matías había abandonado su sitio en la cola para situar su desdibujada figura junto a la ventana. La había abierto, lo que en un día de finales de octubre no era una decisión aceptable para Amparo. Últimamente tenía el termostato interior revoltoso. Además, como de costumbre, se dedicaba a balancear con uno de sus dedos la mecedora allí situada. Ejercía de guardián con sus compañeros. Nadie podía sentarse. En su momento fue el lugar de su esposa, Elena. Pero un día la mecedora y la ventana conjugaron una combinación nefasta. Desde entonces, cada semana, Matías, a la hora de la cena, mecanizaba su rutina para escalofrío general de la «parroquia» presente «cercana a Dios» y desesperación del personal de la residencia.

– Te vas a cagar- iba murmurando Amparo al acercarse, saliendo del mostrador. Los ancianos preferían no mirar y las batas blancas optaban por no interponerse en el camino de una locomotora con moño de más de noventa kilos y un carácter carente de humanidad alguna-. Te vas a cagar, pero no por causas naturales, ¡sino de miedo!

Al asirle por las solapas de la bata, los ojos de Matías apenas perdieron de vista su centro de interés: la ventana y la mecedora. Ya no podía tocarla, pero no dejaba de mirarla. Ni siquiera cuando llegó el primer empujón en el hombro. Amparo sabía bien dónde apretar y de dónde sujetar para que el daño produjese más angustia y dolor que señal visible. Un meneo en condiciones mientras con el otro brazo impedía que cayera o resbalase. Con la mayoría de los que olvidaban alguna norma o se retrasaban daba resultado. Pero Matías parecía abstraído. Y eso crispaba sus nervios.

A empujones logró llevarle hasta la fila, puso la bandeja en sus manos y derramó la mitad del caldo fuera del plato adrede, para que se quemara. Matías cerró los ojos, miró y dobló sus pulgares en un suspiro, pero no dijo una palabra.

– Sé que por dentro estás bien jodido. Así que ahora a la mesa, y que no quede nada de la sopita ni del pescado.- Matías abandonó la fila y se sentó en la mesa más cercana a la ventana y la mecedora.
Martes y miércoles, los empleados libraban o cambiaban turno. Amparo decidió trabajar la víspera de Todos los Santos y el 1 de noviembre. Se cobraba el doble, muchos familiares se llevaban a sus padres y abuelos de visita fugaz y siempre podía quedarse con un buen surtido de buñuelos del sobrante.

Tras la cena y pertinente y lavado de vajilla, hizo la ronda por las pocas habitaciones ocupadas aquella noche. Cuatro señoras se habían juntado en una salita en torno a la televisión con un volumen ensordecedor, debido sin duda a su acuciante sordera.

– La madre que las parió… ¿Quién les habrá enseñado a usar el mando a distancia?- murmuraba por el pasillo camino de la sala. Sus pasos iban acelerando cuando, al pasar por la puerta anterior, al otro lado del pasillo, notó una ráfaga de aire fresco. Dio dos pasos atrás y asomó la cabeza.

Los colores de sus mejillas se encendieron al adivinar la bata de Matías. Estaba sentado junto a la ventana, abierta de par en par, mientras la mecedora hacía su movimiento habitual. Sin mucho preámbulo, se dirigió hacia allí a zancadas.

– ¡Te dije que…! – Al agarrar la bata se dio cuenta de que Matías no estaba ahí. Estaba colgada en la silla. La mecedora dejó de moverse, quizá fue el viento la que la balanceó. Amparo, extrañada, miró por la ventana. En su cabeza cupo la idea de que el viejo loco se hubiera lanzado para reunirse, por el mismo método, con su difunta. Pero no. Incrédula, Amparo se giró y vio una bandeja que se abalanzaba sobre su cabeza. Detrás, unos ojos inyectados en sangre, pequeños y cansados pero con ira suficiente para un último servicio.

– ¡Ve donde la mandaste, miserable!- El primer golpe de bandeja de Matías cayó de pleno sobre el brazo de Amparo. Se dispuso a dar un segundo y definitivo. Hizo acopio de todas sus fuerzas y… Amparo agarró la bandeja con sus dos manos cuando apenas había empezado a bajar. La cólera de Matías se transformó en incredulidad, a la vez que la sorpresa de ella había tornado en rabia pura. Asió al anciano, incapaz de oponerse, de un brazo del pijama. Giró sobre sí misma y levantó su puño.

-Pégame, ya nada me importa desde que me dejaste sin Elena. La pobre no aguantó más la vida bajo tu mano, tu trato inhumano. Pégame y todos sabrán lo que haces.

Mientras Matías hablaba, Amparo acercó su cara a la del viejo:

-¿Pegar? No. Yo soy más de promesas, y te dije que te ibas a cagar de miedo.

– ¿Crees que a mi edad y en mi situación me queda algo de miedo?

– Quizá cuando te diga que los gritos de la vieja me hicieron tirarla por la ventana.

Matías apartó ligeramente su mejilla de la de Amparo, que sonreía sibilinamente.

– ¿Ves? Yo siempre cumplo- Y con un ligero empujón el anciano topó con el borde y cayó al vacío. Amparo miró la cara de Matías en su rápido recorrido y sí, lo que se reflejaba en aquella mirada era un terror visceral.

Apenas se dio cuenta de si gritó o no en la caída. El programa de las viejas de al lado copaba el volumen de la planta. Salió del comedor y dio media vuelta en dirección contraria.

Al pasar por la garita, vio una bandeja manchada de azúcar glass.

– Mmm, buñuelos…


Doctor Brown

Doctor Brown

Iba para inventor en los 50. Me quedé en el intento de escribir algo interesante. Vive y no dejes morir... de aburrimiento.

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