Vélez ha entrado en clase cariacontecido. Lleva días sin dejar de escuchar un disco que le han pasado sus primos. Dice que es algo nuevo, brutal, superior… En 8º de EGB apenas entiendes el significado de esos adjetivos si no van acompañados del nombre de una chica. Al poco tiempo corren cintas casete por la clase con la copia del LP. El nombre es dantesco y la portada, fotocopiada, más aún. No han pasado semanas, no hemos conseguido traducir la sensación que producen esas canciones cuando todas las radios del país y espacios musicales de televisión programan varias veces al día Sweet child o’ mine. La fiebre se contagia, la inquietud se propaga. Comprar el Heavy Rock, Kerrang, Metal Hammer o Rip en aquellos días buscando una mísera noticia nueva sobre el grupo se convierte en una actividad cotidiana. Cada rumor o referencia sobre los componentes es algo que comentar. Y no digamos si empieza a circular, en los siguientes dos años, algún bootleg¹ con material inédito. Si no lo reconoces es que no estuviste allí. Te lo habrán contado, pero no es lo mismo. Te lo aseguro. Así nació una leyenda para mí y para miles de jóvenes. Así empezó todo con Guns ‘n’ Roses.Había dejado mi colegio histórico (o el colegio me había dejado a mí) para trasladar mis pasos a un instituto cercano. Quería empezar bien, pero el día que comenzaban las clases salía al mercado el nuevo DOBLE álbum de los californianos. Tener la presentación en el nuevo centro educativo no me iba a impedir ir a comprar ese disco. Al menos uno de los dos, porque la paga, en aquel momento, apenas daba para eso.
Un colega me dio dinero para que le pillase ambos. En Continente, todavía se llamaba así Carrefour, abrieron la sólida caja de cartón para extraer y venderme los tres primeros Use your illusion del día: dos del rojo (I) y uno del azul/morado (II). Me aseguré, al llegar a mi antiguo cole, de sacarlos de la bolsa y llevarlos bajo el brazo. La salida del alumnado no me pilló de improviso: ya me había colocado para que se me viera y estaba ojeando las letras e interior de los discos (esa maravillosa costumbre que hoy es casi un vicio raro). Las caras de los que se acercaban reflejaban aquello que sufría media España de los 14 a los 40. La banda más peligrosa del mundo había vuelto. O no.
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| Foto propiedad de Víctor Lerena (EFE). El País. |
Y llegamos al Calderón, de nuevo. Una tarde casi veraniega, otra vez. Unos cuantos amigos, pero diferentes. Y la misma camiseta comprada a la salida de aquel 6 de julio. Esta vez no he comprado una nueva. Prefiero el olor y las sensaciones que me trae la veterana. Porque lo que veo y oigo no me produce gran excitación, excepto en los primeros acordes, estrofa y estribillo de It’s so easy. Otra vez esa canción. A partir de ese punto, todo trillado. Obviando el infernal sonido, indigno para una banda de este calibre, parecidos guiños y arreglos a los de la gira Illusion, una chica de pelo azul que nadie entiende muy bien qué pinta por ahí y un montón de canciones de la etapa solitaria del doble entrado en kilos del anterior frontman de los Guns. Habría sido muy fácil: el Appetite de principio a fin, los singles de Illusion, algo del Lies, incluso se podía haber dado cabida a aquel engendro sin pies ni cabeza llamado The spaguetti incident. Pero se han perdido en versiones porque sí y muchas, muchísimas interrupciones del ritmo de un concierto.
El ABC del escenario dice, regla no escrita, que si fluctúas mucho, te cargas el sentido y el objetivo. Lo de Madrid fueron olas que iban y venían. Aún así, y leyendo varias críticas de hoy, concedo que la ofuscación salvaje de ver a tus ídolos en un escenario, como bola extra del destino, haga que todo brille. Quizá es lo que percibí aquel lejano año 93. Pero hay que ser, o al menos yo, un poco consecuente, incluso con la banda con el disco más grande de la historia (o uno de ellos). Hace apenas dos años vi a Kiss descerrajar un bolo memorable de no parar ni un maldito segundo. Hicieron honor a su lema: queríais lo mejor y tenéis lo mejor. Ayer, con los Guns, me aburrí. No todo el rato, es cierto. Pero bostezar varias veces no es signo de disfrute máximo. Y haber hecho algo auténtico, como dice su canción, era muy fácil.

