La honradez es una mala compañera. Te impide actuar como un repugnante egoísta, que es lo que, salvo contadas excepciones, somos la mayoría de los seres humanos.

Nacemos y, a los pocos meses, en cuanto tenemos un mínimo de conciencia de lo que nos rodea, lo queremos todo. Para nosotros. En exclusiva. A partir de ahí, hay un largo proceso cuesta abajo. Porque en ese momento, muchos papás, seguidores ciegos de las nuevas tendencias, te procuran tus deseos al milímetro. Y claro, desandar el camino es, a la larga, mucho más complicado.

A pesar de las frases iniciales, hay una buena noticia. A ser honrado se aprende. Se ve, porque es una farola en medio de un paseo sombrío. Pero cuesta, cuesta horrores. Porque va contra natura. Porque supone ponerse en segundo lugar. Porque se agarra a la lógica sin «es ques” ni “peros”. Porque si tiene que ser así, así será. Todos tenemos episodios de honradez que nos hacen henchirnos de gloria y buenos sentimientos. La clave es que solemos olvidar que, muchas veces, nuestra balanza está inclinada hacia el otro lado.

Valga esta introducción para poner en contexto el tema de hoy. Y voy al grano, que ya toca. Hace pocas fechas, un buen amigo (podríamos decirlo así) ha hecho un ejercicio de honradez rayano en el sacrificio personal y me ha venido al pelo para trasladar a unas líneas lo que, quizá, debería ser general, pero se queda en residual. La memoria de la gente es como la amistad entre comillas: abunda, pero sólo si hay momentos agradables. Cuando vienen mal dadas, pasas de ser un héroe a un paria. 

El infierno está lleno de buenas intenciones, que suelen ir atadas a demasiados “sálvese quien pueda”. Es sano, ante una situación límite, decir “entre tú y yo, yo”. La clave es si esa decisión viene de un proceso meditado y argumentado o de un simple salvar el culo. Porque si lo que más pesa en la sentencia es proteger tu espacio, tu sillón o tu posición, estás condenado. ¿No lo ves, merluzo? A partir de ese momento, estarás siempre en el alambre y en manos de los demás.

La nobleza y la honradez se mastican con sangre y lágrimas, pero tienen una ventaja más grande que el Transiberiano: sólo dependes de ti. Eres dueño y señor de tus actos y, como dicen por ahí, de lo que calles.

Además, junto a todo lo dicho, hay escenarios que son proclives a gestas y fracasos. Como el deporte, por ejemplo. Los atletas de élite se cansan de decir lo bien amueblada que deben tener la azotea cuando el teléfono deja de sonar, cuando no hay aplausos, cuando los cainitas juzgamos una derrota con un “qué harán por la noche”, algún “están acabados” y muchos injustos “es que le viene grande el reto”. Desgraciadamente, y como comentaba antes, nadie analiza el entorno y las infraestructuras dedicadas a llegar al objetivo. Y, mucho menos, mira su propio muro de las redes sociales para darse cuenta de que, apenas hace unos meses, el que ahora está terminado era la última esperanza blanca o el que nos iba a procurar el vellocino de oro. 

Vaya dedicado este episódico escribir a las personas que gritan poco y lidian mucho, que aúnan esfuerzos que pocos ven, que usan las palabras justas (porque el resto es cháchara de cuarta. Cuánto debería aprender yo de esto…), que sujetan el puente para que el resto cruce a tierra firme. Incluso a los que vocean de más para que otros sean voceados de menos.

La conciencia es un tope moral que nos ayuda a ser racionales. Y puedes elegir si te quieres agarrar a ella como Tom Hanks a Wilson o prefieres abandonarla en cualquier pozo sin fondo y convertirte en alguien bien visto… temporalmente. Spoiler: la última opción no acaba bien.

Doctor Brown

Doctor Brown

Iba para inventor en los 50. Me quedé en el intento de escribir algo interesante. Vive y no dejes morir... de aburrimiento.

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