* Relato galardonado con el premio a «mejor relato local» en el 
«II Concurso de Relatos Cortos Deportivos»
convocado por la Asociación de la Prensa Deportiva de Valladolid.
Publicado en el libro «Vidas a la carrera», editado en 2018 por la 

Fundación Municipal de Deportes del Ayuntamiento de Valladolid.

 
EL ASIENTO VACÍO
– Pasa, papá. Ten cuidado al bajar.
Las escaleras del vetusto estadio no suponían un obstáculo insalvable para el hombre, pero sí para el anciano que lo acompañaba y sujetaba del brazo.
– ¿Cómo has conseguido que nos abrieran? ¿No entrena el primer equipo hoy?
– Jorge nos ha hecho el favor. Ya sabes que hay confianza desde lo de la canción.
Una sonrisa triste con reminiscencias de tiempos más alegres recorrió aquella cara. No tenía la edad que aparentaba, aunque la enfermedad había hecho estragos en su piel y su ánimo. Aun así, parecía que recorrer mínimamente las gradas vacías le proporcionaba ciertas fuerzas que, creía, le habían abandonado hace tiempo.
Ambos se sentaron en sillas violetas y miraron ensimismados el pequeño mar verde que ocupaba su frente:
– ¿Otro año de sufrimiento?- pregunto retóricamente el hijo.
– ¿Sufrimiento?- contestó raudo el padre-. No hables con la amargura de los voceros de los foros. Esto no es sufrimiento, hijo. Es una pasión, algo que nace de dentro y se mantiene, crece, suma… Esté quien esté al frente, juegue quien juegue.
Gabriel se pasó la mano por los ojos y recordó las palabras de su padre hace poco menos de cuatro décadas: «mi equipo es este, el de aquí. Tú puedes elegir el tuyo. Tus colores y tus ídolos. Pero recuerda que elegir no es quedarte con la opción que siempre gana. Ahora no lo entiendes, pero la vida, todo en la vida, depende de elecciones que nacen de dentro: siempre habrá una chica más guapa pero encontrarás a una que te complete; habrá trabajos en los que ganes mucho dinero pero, con suerte, darás con uno que consideres un modo de vida y no un contrato de horas a cumplir. Con tu equipo pasará lo mismo. Yo elegí este porque tu abuelo me traía de la mano a ver los partidos domingo tras domingo. Después de las derrotas lloraba amargamente. Con las victorias no paraba de dar saltos durante el camino de vuelta y colmaba de besos a tu abuela. Esa es la señal. Y esa es la magia de la pertenencia en todos los ámbitos de la vida. Disfrutar de lo bueno y sufrir en lo malo, pero no abandonar. Eso, nunca».
Gabriel recordaba vagamente la contundencia de esas palabras a pesar de su corta edad entonces, vestido con una camiseta de portero tipo «Arconada» y sin entender la mitad de lo que su padre le contaba. Pero asumiendo como suya esa emoción. Ahora, en cambio, lo comprendía todo.
– Déjame una visera- dijo el mayor-. No puedo ver la otra grada.
En ella, con sillas de diferente color, se adivinaba el nombre del equipo. La boca de Matías enarboló una mueca en forma de sonrisa, aunque oculta por una par de toses encadenadas. Al recuperarse, comentó con su hijo:
– ¿Te acuerdas de cuando nos sentábamos por allí? Fila 14, asiento 92… Tragando sol a rabiar en verano y frío helador en enero y febrero.
Gabriel puso a rebobinar el disco duro y se plantó en los miércoles de Copa, con los pantalones del pijama bajo los vaqueros, los bocadillos interminables del descanso, los regresos a casa a horas intempestivas para un crío y la narración al día siguiente en clase del resumen del partido. Automáticamente su mirada cayó al suelo a la vez que un ligero respingo le recorrió la espalda.
Su padre le puso la mano en el hombro. Él respondió:
– No es nada, papá. Recordaba aquellos días. Tú, el abuelo, los tíos, el primo… ¿Y ahora? Cada vez somos menos.
Matías apretó con sus pocas fuerzas el brazo de su hijo, lo que hizo que este se girara:
– Ahora es tu momento. Unos se bajaron del barco, otros siguieron hasta que pudieron y a otros nos «jubilan» antes de tiempo. Grábate estas palabras: el asiento que dejo vacío no lo estará mucho tiempo. El niño que Sara lleva dentro tendrá un día una equipación en blanco y violeta. Correteará por estas escaleras y pasillos sin prestar demasiada atención a lo que miles de espectadores siguen con locura febril. Y un día deberá elegir. Pero para que su elección sea limpia debe conocer lo que este equipo te ha dado en valores y compromisos para TU vida. Y que sepa eso es cosa tuya. La tele vende ídolos multitudinarios, lejanos y, hasta cierto punto, efímeros. No podemos competir en promoción, pero sí en lo que hay aquí dentro -dijo pasando la mano de su brazo a su pecho- y ahí abajo -sentenció señalando el césped.
– Va a ser difícil… Lo intentaré.
-¡No! -exclamó Matías con el poco ímpetu que le quedaba dentro-. No lo intentes. Hazlo si te sale de dentro. Mira con perspectiva. Nunca has necesitado competir con las portadas de los periódicos nacionales para conocer a los jugadores locales. Recuerdas perfectamente aquella chilena, aquel gol en segundos, aquellos ascensos sufridos, aquellos descensos desesperados… Sabes que la de este lado (dirigiéndose a su izquierda) es la «portería de los goles» y que siempre mantendrás la confianza en remontar si atacamos ahí en la segunda mitad. Cada última jornada sales jurando en arameo, excepto en contadas ocasiones, y cada primera semana de julio comentas con tus amigos los pocos y desconocidos fichajes que hacemos. Hijo, escribiste una canción a este equipo no por lo que consigue, sino por lo que significa. Por lo que es y siempre será, aunque haya épocas oscuras.
Gabriel recordó aquel momento, aquellas líneas que brotaban de su cabeza sin apenas esfuerzo, cómo la melodía pasó de su voz a los dedos y, de ahí, a las cuerdas. Una palabra. Una que gritó todo el estadio al conseguir el ansiado objetivo.
Metió la cabeza entre sus piernas. En esa oscuridad recobró el espíritu optimista que le había caracterizado durante más de media vida y que le había abandonado, ligeramente, durante la enfermedad de su padre: el de ver el vaso medio lleno pasara lo que pasara. Y así sería. y así lo transmitiría.
– ¡Gabi! Tenemos que cerrar.
La voz de Jorge le sobresaltó, pero contestó de inmediato:
– ¡Hecho! Dame un minuto.
– Lo que necesites -contestó el director general del club.
Gabriel volvió al momento previo. Recobró la sobriedad y se levantó. A su lado estaba una urna. La asió con ambas manos y se quedo absorto mirando, por un espacio de tiempo mínimo, aquel asiento violeta y vacío. El respingo anterior se tornó en un escalofrío a pesar del calor reinante en septiembre. Miró por última vez el césped y la grada de enfrente, donde le pareció ver, entre destellos de sol, a un padre subiendo las escaleras con su hijo vestido con los colores de sus amores.
Sonrió por última vez. Sujetó la urna, quitó la tapa y lanzó su contenido lo más lejos que sus fuerzas le permitieron. Una ligera brisa se llevo las cenizas desperdigándolas por el aire, las gradas y la alfombra verde que se extendía a sus pies.
Comenzó a subir las escaleras hasta donde Jorge le esperaba. Dos escalones antes de llegar su teléfono vibró. Al sacarlo del bolsillo observó quién efectuaba la llamada. Sara. Sonrió.
Doctor Brown

Doctor Brown

Iba para inventor en los 50. Me quedé en el intento de escribir algo interesante. Vive y no dejes morir... de aburrimiento.

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