Érase una vez un pastor. Tenía muchas ovejas, pero una manada de lobos había emigrado desde tierras lejanas y estaba diezmando su ganado. Durante mucho tiempo no encontró manera de evitar las muertes de las reses. Si cuidaba por la mañana el terreno donde estas descansaban, atacaban por la tarde. Si lo hacía en ese periodo, los lobos bajaban por la noche. Y durante la oscuridad, al dormir él, igual. Solo estaba el pastor, pues era un terreno en el que podían pastar las ovejas, pero separado de cualquier poblado.
Durante meses buscó la solución sin descanso y sin éxito. Creyó dar en el clavo pensando en construir un vallado alrededor de su terreno. Pero, claro, él solo necesitaba muchos viajes para recoger la madera y demás materiales de los pueblos. Si tardaba mucho y los lobos no notaban moros en la costa, cuando volviese quizá ya no quedarían ovejas que cuidar. Así que decidió hacer viajes rápidos y cortos. Eso, por supuesto, implicaba dilatar en el tiempo la recopilación de materiales.
Optó por esa solución y, finalmente, comenzó a construir el vallado. Fue encontrando dificultades: había zonas en las que la valla se hundía. Otra era tan firme y dura que no permitía fijar los pilares. Poco a poco fue sorteando dificultades hasta conseguir construir el contorno completo. Cuando finalizó, observó que el ganado pastaba tranquilo, la leche de sus ovejas era mejor al evitar el estrés y los lobos no podían acceder al vallado. Aun así, el hambre de los cánidos hacía que los más ávidos cazadores buscaran su presa descolgándose desde alguna rama del único árbol que pasaba por encima del cercado. El peso del animal era excesivo para la rama, pero algún lobo de menor tamaño intentaba finalizar con éxito su “expedición”. Para ahuyentar a los lobos, el pastor tenía un perro que, en el uno contra uno, podía hacer frente al animal salvaje.
Y así pasaba los días: sabiendo que el rebaño estaba protegido, pero que existía la posibilidad, mucho menor, de que algún lobo intentase colarse en el cercado. Si lo hiciera, podría enfrentarse al perro y podría herirlo gravemente, pero los ladridos despertarían al pastor antes de que pudiese lanzarse sobre el rebaño y acabar con alguna presa.
De este modo, la manada de lobos decidió buscar mejores y más fáciles terrenos en los que cazar, aunque algún rezagado siguió intentando el camino de la rama, suspirando por que, algún día, el pastor olvidase sacar al perro.
Supongo que llevaréis varios minutos aguantando este relato pensando que me he vuelto loco. Ahora pensad en el cercado y el perro como cualquier vacuna. Y manejad las posibilidades de no “utilizarlos” y enfrentaros de tú a tú contra los “lobos”.
Doctor Brown

Doctor Brown

Iba para inventor en los 50. Me quedé en el intento de escribir algo interesante. Vive y no dejes morir... de aburrimiento.

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