Teatro

FRANKENSTEIN, por ARTE&DESMAYO

Por 14 de agosto de 2012 agosto 3rd, 2020

El otro día mis pasos, intentando escapar de las indecentes temperaturas que adoran los adalides del supuesto buen tiempo (¿38 grados lo son? ¿Cómo se escapa de semejante infierno si no es metido en el agua hasta el cuello como si fueras medio kilo de lentejas?), me llevaron al Teatro Arenal de Madrid. Junto a una zona, en mi modesta opinión Sol lo es, arrasada por la intranquilidad y la autoprotesta se encuentra este modesto recinto cultural en el que, en pocos metros cuadrados, se apiñan tres salas en las que poder catar pequeños “platos” con regusto a arte dramático del de verdad. Sin trampa, pausa ni cartón. Como toda generalización acarrea excepciones seguro que hay ocasiones en las que el supuesto arte se pierde en guiones vacíos, actores pobres y producciones sin talento. Pero no es el caso de la obra que mis viejos y cansados ojos tuvieron el gusto de contemplar.
La compañía (¿lo es?) Arte&Desmayo se ha conjurado con el espíritu de Mary W. Shelley para dar una vuelta de tuerca a un personaje mil veces visto, parodiado y adaptado… pero muy pocas representado. Frankenstein. Es curioso. Si le preguntan a la mitad de la humanidad por ese “nombre” les hablarán del “monstruo” en vez de citar el apellido de su creador. Para empezar la adaptación que presencié deja bien a las claras que el supuesto “monstruo”, en caso de haber alguno, es Víctor, el científico que pretende, en un alarde de ambición o piedad, jugar a ser Dios. Esa permanente disputa entre sus valores y sus anhelos es una de las claves de la actuación de Daniel Ortiz(visto últimamente en TV “Luna, el misterio de Calenda”) como Víctor Frankenstein: atormentado, inquietantemente sereno, falsamente sincero. Una encrucijada personal que se pone de manifiesto en cada escena (mención especial para sus encuentros con la “bestia”).

Si quisiera hacer un resumen de la historia, que seguramente todos conocen, es que en esta versión se presta atención a los detalles que otros obviaron para centrarse en el morbo del miedo, la monstruosidad y el “espectáculo pirotécnico peliculero”. Aquí lo que prima es el factor humano en el término más amplio de la palabra, en positivo y negativo. En el plano positivo hablando de compasión, como cuando el monstruo se encuentra a De Lacey (interpretado con maestría junto a otros personajes por Ángel Amorós), un pobre ciego que consigue establecer una relación de confianza y amistad con la criatura a través de “no temer” lo diferente, aunque esa ausencia de temor se base en no poder ver el horror de su rostro. También en la parte “amable” podríamos destacar la humanización de la creación del mal llamado Frankenstein (tour de force de Pablo Méndez). Aquí vemos como el monstruo no lo es más que cualquiera de nosotros: siente, ama, sufre el rechazo, expresa ira ante la injusticia y clama por venganza cuando la cree justa. ¿No se ven reflejados?

En la parte más oscura podemos enclavar las reacciones de los labriegos que, aún habiendo sido ayudados por la criatura en sus tareas, pretenden matarlo cuando ven sus horribles rasgos. También la bipolaridad de Víctor Frankenstein, ambicionando sus logros a sabiendas de las posibles consecuencias de sus actos. Y, por supuesto, la “humanización total” del monstruo mimetizándose con el mundo que le rodea: cruel, amenazador y temeroso de lo que es diferente.

Una escenografía adusta e incluso mínima que se va adaptando a cada escena haciéndonos creer que el mismo escenario puede ser, depende de cada momento, un laboratorio en ruinas, un camarote de un barco, una casa burguesa de buen nivel o una granja humilde.

Niños y niñas que leéis estas palabras: si encontráis una hora y cincuenta minutos de reposo en este verano entre piscinas, olimpiadas, vacaciones y terrazas no dudéis en acudir a dejaros atrapar por la hipnótica historia del hombre de ciencia que quiso ser un hombre de fe. Y su creación, que pasó de puntillas por la esperanza para refugiarse en el horror. Hasta el 2 de septiembre la compañía permanecerá en el Teatro Arenal. Y por el “indecente” precio de 10€ podrán disfrutar de dos horas de sentimiento en carne viva y teatro del que se palpa y paladea. Vamos, por lo que os gastáis en el Burger King para comerlo mientras veis cualquier programa de los que ponen en duda la condición humana. Qué curioso, como lo que se cuenta en este Frankenstein.
Doctor Brown

Doctor Brown

Iba para inventor en los 50. Me quedé en el intento de escribir algo interesante. Vive y no dejes morir... de aburrimiento.

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