¿Cuándo hemos dejado de oler las rosas… simplemente porque ya sabemos cuál es su aroma? Yo he visto cien veces a James Bond parar el reloj de la bomba a siete segundos del estallido (0:07, por concretar) y sigo volviendo a Skyfall o una base rusa para disfrutar del trayecto.

Hemos olvidado paladear los momentos. Nos vamos un fin de semana al campo y el ritmo del cuerpo, aunque planeemos paz y sosiego, nos pide hacer, ver, visitar… Frenético. Hemos perdido la calma. Recrearnos en los detalles. La pausa del café. Y abogo, con insistencia, por recuperarla.

Soy fan, absoluto, de tomar un café porque sí. En soledad. Un «buenas tardes», acompañado, como mucho, de un «con sacarina, por favor». Mirar por la ventana del bar (mejor si es en otoño, por supuesto), hacer que todo pare por un par de minutos, olvidar el resto y, en el último momento, repasar mentalmente lo que queda en la agenda. «Gracias» y a seguir.

Tendemos a olvidar esa pausa porque todo a nuestro alrededor alcanza velocidades de vértigo y nos hemos subido, no queda otra, a esa montaña rusa sin límite de viajes. Pero, ojo, el vagón es nuestro. Y debe y tiene que haber un clima adecuado en su interior.

Es cierto, asimismo, que algunos jetas y vagos nos han hecho un flaco favor convirtiendo ese lapso en un tiempo sin fin que dinamita su ética profesional y, por ende, destruye la supuesta previa confianza en el resto. Parar a tomar un café significa eso. Un alto en el camino. Lo importante no es el verbo, sino el sustantivo. Como todo en la vida.

Si hablásemos en sentido inverso, diría que estoy hasta el mismísimo pozo del que se saca Nadal el pantalón de las prisas (si no son objetivamente necesarias). Hay apresuramiento para todo, y no puede ser. Dicen los libros a los que no se hace caso porque no conviene, y la historia que no se escucha porque desarma argumentos fútiles, que las prisas no son buenas consejeras. También dicen que lo que se cocina a fuego lento tiene más sabor y su esencia es más duradera. 

Lo efímero es cosa de los concursos de talentos. Las alubias (viudas, de Saldaña) se hacen a la antigua -pregunten a Pepe, el de El Bohío, lo que piensa de la olla express-. Los desayunos de fin de semana deben conseguir, cuando son en casa, que se una la ducha con la comida. Paladeados, leyendo el periódico, una revista o viendo, por qué no, un capítulo de Ted Lasso.

Encontrar a alguien tiene que venir precedido de un flirteo, de un juego de miradas y de una charla (soy mayor. Me importa muy poco partir una lanza por el coqueteo y el amor romántico cuando es compartido, por mucho que un sector voceras de Twitter lo denoste). El «catapum», que dice un amigo, tiene su aquel, pero poco más. 

Los que saben de toreo dicen que los buenos paran y templan. Los escritores que te llevan a algún sitio necesitan ponerte en situación. Hitchcock sugería. Spielberg no enseñaba el tiburón hasta que no era evidente que necesitaban un barco más grande para cazarlo. El guante de Rita Hayworth ha dado más escalofríos y tembleques que cien escenas mucho más evidentes.

Miren: me gusta el de cápsulas, no lo niego. Es socorrido y, en este devenir vertiginoso, rápido. Pero necesito que, en ocasiones, huela toda la casa a café recién hecho. Impregnarse de los pormenores. Conozco gente que emplea horas en una sala random de cualquier museo. No aspiro a eso, pero tampoco a pasar de largo de una exposición que, a buen seguro, nunca más veré (o me llamará la atención) porque nos cierran el kiosco para echar la Primitiva. Calma. Poco a poco.

Mañana toca paseo. Octubre llama a mi puerta y me pide jersey fino y parque con hojas secas en el suelo. Y en ese recorrido espero encontrar un banco (de los de antes, sin desinfectar). Me sentaré, abriré un libro o escribiré unas líneas. O me quedaré sentado, escuchando. Admirando los ocres, amarillos, rojizos… Cinco minutos. De ahí iré a la cafetería con más solera que encuentre y pediré, por favor, uno solo. Y pensaré un poco en si estoy haciendo algo más felices a los que me rodean, o si mi estrés contribuye a su ansiedad. Un poco nada más. Lo justo para entender.

Lo justo… pero ni un segundo menos. Calma.

Doctor Brown

Doctor Brown

Iba para inventor en los 50. Me quedé en el intento de escribir algo interesante. Vive y no dejes morir... de aburrimiento.

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