1985. Un chaval termina de hacer los deberes. Son las siete y media de la tarde. Hay dos canales de televisión en España y aunque la primera cadena tiene programas geniales hoy no funciona bien. En el UHF no suelen poner nada interesante para su edad a esa hora. Baja a la calle. Un amigo tiene un balón. Comienzan a jugar contra una pared que ofrece la sombra de lo que fue un trazo de tiza formando una portería. Poco a poco se van sumando amigos que terminan sus tareas. Al rato suben a cenar. Cuentan a sus padres lo que han hecho durante el día, cantan la lección si es necesario, ven un rato la tele si es adecuado lo programado y se van a la cama. Leen un poco hasta que el sueño les vence y las páginas arrugadas del libro caen sobre su pecho.
 
2014. Un chaval después de ir a inglés y piano hace sus deberes. Son las ocho de  la tarde. Coge el teléfono móvil. Manda unos mensajes a sus amigos: algunos personales, otros en el chat de la clase, otros en el general de colegas… Mira su perfil de Twitter. Da unos cuantos Me gusta en Facebook. La tele lleva encendida todo el rato de fondo. Siguen poniendo programas poco interesantes y nada educativos. Va al ordenador y pone a bajar el último capítulo de una de las ocho series que sigue a la vez. Mientras, entra en Instagram y cotillea algunos perfiles. Las nueve y media. La familia cena mientras mira, muda, el prime time televisivo. Las once y algo. Parece que hay sueño. Programa su teléfono para que su lista de reproducción llamada «zzzzz» suene durante una hora.

 

 
Esta visión general de dos momentos diferentes acarrea injusticias. Indiscutiblemente los avances tecnológicos han hecho nuestra vida más cómoda, nos dan acceso a multitud de opciones de las que antes no se disponía. Pero me da miedo. Nos estamos convirtiendo en seres autónomos. No necesitamos nada de nadie. No podemos aburrirnos. Es imposible. Y aburrirse es una parte inherente de ser sociales. Cuando te aburres buscas algo para hacer, para divertirte, para entretenerte. Antes buscabas a gente. Aunque fuera para aburriros juntos. Ahora lo que buscas es estar solo y utilizar tus mecanismos electrónicos. Antes charlabas una y mil veces de temas manidos, incluso de los demás. Ahora eso se considera perder el tiempo.
 
Alguno dirá que lo moderno nos hace gilipollas. No. Somos gilipollas, sin lo moderno. Ejemplos: el cine es caro. La gente dice que no va al cine porque es caro. Pero si vas siempre hay un imbécil al que le suena el teléfono en la sala. Incluso los hay que miran sus mensajes tres y cuatro veces durante la película. Se os ilumina la cara, panolis. Y la sala está a oscuras por algo. Luego están los excrementos cerebrales que ¡reciben! la llamada con un «respetuoso»: «que estoy en el cine, te llamo después». Gilipollas. Dime que no puedes estar dos horas de tu miserable existencia sin centrarte en otra cosa que el film por el que acabas de pagar 8 euros, más 4 de refresco y palomitas. Y luego que es caro.
 
 
Otro: antes aprovechabas los anuncios para ir al baño, recoger la mesa, llamar por teléfono, etc. Ahora es casi imposible ver en pareja una hora de cualquier serie en casa sin que a uno de los dos le suene/vibre el móvil. Gilipollas. Apágalo. Déjalo en otra habitación. Comprométete a no mirarlo durante estadios de tiempo concreto. Y cúmplelo. Y si no lo haces, jamás te atrevas a criticar a los adictos a sustancias para poder aguantar la vida cada día. Porque eres igual de yonqui que ellos. Te puede. Y te estas volviendo un gilipollas. 
 
La teoría de la búsqueda (que me acabo de inventar) se explica con gran sencillez: busca a ALGUIEN con quién no aburrirte cada día. Aunque sea una hora. Bastante trabajamos mecánicamente, para llegar a los ratos de ocio y ser meros robots, presos de rutinas o formalismos que nosotros mismos nos creamos. Eso no quiere decir que no usemos todos esos avances que nos dan una vida más fácil. Pero también estarán ahí mañana. O pasado. O más tarde. Además, es más fácil. Pero no mejor. Al final siempre recordarás una conversación intensa con alguien o un momento de película con una persona. Difícilmente recordarás una capítulo buenísimo si lo viste solo y contestando whatsapps.
 
Proponte tomar las riendas de tus ratos libres. Proponte establecer tú los tiempos de cuándo son ratos para interactuar virtualmente y cuando realmente. Porque, no te engañes, el 85% de los mensajes directos que te llegan al móvil en un momento dado pueden esperar. Y son chorradas. Porque si alguien tiene algo importante de verdad, te llama. Y si no lo coges, insiste.
 
Únete a la teoría de la búsqueda. 
Doctor Brown

Doctor Brown

Iba para inventor en los 50. Me quedé en el intento de escribir algo interesante. Vive y no dejes morir... de aburrimiento.

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