* Relato premiado con el 2º premio en el «II Concurso de Relatos Cortos Deportivos» convocado por la Asociación de la Prensa Deportiva de Valladolid.
Publicado en el libro «Tocados por el deporte», editado en 2017 por la 
Fundación Municipal de Deportes del Ayuntamiento de Valladolid.
 
Ahí viene otra vez.
Lleva corriendo sin descanso cerca de cincuenta minutos. Me bombardea como un martillo pilón. Salta. Y se mantiene en el aire como si se tratase de una hoja de papel tirada por una ventana. Planea suavemente. Pero, justo antes de aterrizar, lanza su aguijón. Su veneno. Su proyectil mortal.

Y yo ya estoy mayor. No vieja, pero sí más lenta, más pesada. Cada mañana las rodillas me recuerdan que llevo casi treinta años sufriendo balonazos, caídas, golpes, lesiones… Y cada mañana vuelvo a pensar si merece la pena. Y la mala bestia que tengo enfrente no hace más que ahondar en ese pensamiento recurrente: déjalo. Total, ganas cuatro duros. Aquí no hay grandes contratos. Ni publicidad. Eres una pobre jugadora de balonmano.

Me concentro. Enfoca. Cada bote en el parqué es como una bomba en el interior de mi mente. ¿Cuántas veces puede haber lanzado hoy? ¿Diez, doce? Apenas he tocado dos de sus balones. Hasta es posible que uno me haya dado por puro azar. O por instinto. El instinto es lo que me ha llevado a seguir. Cuando eres un perro viejo en cualquier ámbito, la naturaleza y la experiencia te dan opciones de sobrevivir. He visto pasar decenas de porteras por mi lado. Mucho más ágiles, mucho más rápidas. Pero aquí sigo. Dicen que miro cada balón hasta que está dentro de la línea de meta. Que no dejo de tenerlo en mente hasta que no hay más opciones. Y que, cuando encajo el gol, lanzo el balón rápidamente para que la jugada comience de nuevo. Así es como si no hubiera ocurrido. El instinto. Ganar.

Un paso más. Va a saltar. Sé que no va a dar tres pasos. Nos conocemos bien. Apenas era una juvenil cuando empezó a entrenar con las profesionales. Pulí sus lanzamientos, Le di toda clase de información sobre lo que una guardameta pensaba. Cuáles eran sus opciones. Por qué en ocasiones nos veía enormes y no encontraba huecos. Cómo esperar hasta el último instante, cómo observarnos. Y hoy se está volviendo todo en mi contra.

Veamos.
Uno.
Dos.
Y… Mierda. Sabía que saltaría en el segundo paso. Lo tenía claro. Pero no he podido reaccionar.  Su brazo, sus movimientos. Me ha dicho sin palabras que iba a dar tres pasos. Que en el último saltaría con toda la potencia que sus musculadas piernas le permitieran. Que me superaría en el recorrido del vuelo. Ahí es donde la esperaba. Sus gestos lo decían. Mensaje de texto: Lo voy a hacer así.

Pero no. En el segundo paso ha girado brutalmente su cuerpo y ha cruzado un lanzamiento que ni he visto. Poco más que cerrar los ojos en un breve lamento y sacar rápido para evitar que la sensación de derrota se apodere de mí.

Otro ataque. Otra oportunidad. Sólo perdemos de uno. No resta demasiado tiempo, pero tengo un gran equipo delante. A veces pienso si la que amarga el pastel soy yo. Mi suplente tiene veinte esplendorosos años recién estrenados. Su coleta sube, baja, se estira y soporta lo que le echen. Soy yo hace veinte. Pero con toda mi experiencia. Porque yo se la he transmitido. Dicen que el buen vino mejora con los años. Yo soy una botella excelente a punto de echarse a perder por mantenerla demasiado tiempo en bodega.


Vaya. Hemos perdido el balón. De refilón noto el desaliento en nuestro banco. Escasos minutos. Un gol abajo. Ellas tienen el balón. Debo dejar pasar todas esas ideas. Cuando me retire tendré tiempo suficiente para que horaden mi cabeza. Pero no ahora. No hoy.
Juegan rápido. Mucho. Pero han cometido un error. El balón le llega a su lateral. Es buena. Buenísima. Pero es egoísta e imprudente. Los años le harán cambiar… o no triunfará. Ve el hueco y sé que en su cabeza resuenan ecos de gloria. Voces que dicen que es su momento. Que el éxito la está esperando a apenas tres pasos. Pero no. A tres pasos estoy yo. Sé que va demasiado deprisa. Sé que su afán por marcar la hace desequilibrarse mínimamente. En este deporte, el equilibrio es todo. al lanzar, al saltar, al correr, al parar… Miro al balón. A su mano. Le enseño mi lado corto. Incluso levanto la pierna que cubre la mayor parte del arco. Y zas. Te pillé.

Lo ha notado. Se ha visto levantando los brazos y sonriendo. Y ha lanzado con su cuerpo y no con su cabeza. Con su mente. Con su mano. El último escorzo ha delatado la dirección del balón. En un movimiento mecanizado hace lustros he bajado la primera pierna y levantado la otra, acompañando con la mano. Chúpate esa, destino. Chúpate esa, vino ajado.

Antes de que le dé tiempo a lamentarse ya he agarrado el balón y se lo he lanzado a nuestra extremo del lado contrario. Es veloz. Cuando la rival aún no se ha levantado del suelo, ha marcado el empate. Me mira con una mezcla de odio y venganza. No sabe lo que es la renuncia. El sacrificio. Me recuerda a los que todo lo hacen bien. Nadie hace todo bien. Ni siquiera Dios. A mí me hizo, Dios o mis padres o la madre naturaleza, sin capacidad para tener hijos. Así que renuncié. Pero sólo a tenerlos del modo tradicional. Mi pequeña adoptada me observa desde la grada. Yo no miro porque me desconcentraría, pero puedo sentir su camiseta agitarse. A veces me pide que esté más tiempo con ella. A veces pienso que ya es hora de compensarla por los fines de semana fuera. Quizá pronto. Quizá sea hoy. Dos minutos.

Increíble. Robamos la pelota en un error garrafal de la jugadora que me lanzó. Aún sigue pensando en ese disparo. En su éxito. En su fracaso. La renuncia consiste en dejar de vivir los logros que podrían haber sido, para trabajar por los que aún están por suceder. Todavía no lo ha entendido. Ya lo hará. O no. Es joven. Marcamos. Uno arriba. Un minuto.

Sacan deprisa. Sé que van a lanzar cuanto antes. Cada vez me cuesta más moverme. Mis tobillos crujen cuando camino por la calle. Mis dedos están torcidos. Marcas de guerra, dicen. La central es agarrada con fuerza. Aún con todo, es capaz de dejar libre un brazo. Dispara. Caigo. Rozo el balón con el pie y la mano. Oigo un murmullo. Puede que sea el ruido del público. Puede que sea ensordecedor. Pero no permito que nada me distraiga. Puede que un poco mis pensamientos. Pero no más allá.

Un pitido. Tengo el balón, pero no nos pertenece. Golpe franco. Otra oportunidad para ellas. Clic, clic… El marcador va descontando segundos. Nuestro entrenador está completamente metido en la cancha, gritando. No le oigo. Sé que no tiene nada que decirme. Un balón y yo. Si marcan jugaremos un rato más. Si paro, se acabó. Se acabó, felizmente. Y también con pena. Porque sí, todo esto terminará para mí. Decidido. Es curioso cómo nos decantamos por las cosas. La vida son decisiones, y lo veo más claro que nunca. Qué raro es decidir así. Pero me invade una seguridad total.

Vuelve. Clic. Otro segundo menos. Otro golpe franco. Clic… Clic… Cada vez menos. Cada vez más cerca. «No os precipitéis, tranquilas…» oigo que pronuncio. Mis chicas están ahí delante. Se giran hacia mí con gesto de aprobación. Pero sé que esas miradas contienen tanta tensión como miedo. Yo no. No tengo miedo. Sé que hay un equilibrio en la victoria y en la derrota… cuando te vacías en el campo. Otra vez el equilibrio. Qué importante.
Sacan. Diez segundos. Hay una pequeña barrera que me impide ver a la jugadora que va a lanzar. Pero no me importa. Mi hija está en la grada. Las manos de tres defensoras se levantan. El murmullo se apaga cada vez más. Silencio. Una mano parece súbitamente. Un balón.

Caigo. Es el lado contrario al que esperaba. Caigo tras haberme impulsado con todo lo que me queda dentro. Sé que no tengo más. Rebaño por dentro de mi cuerpo, por si quedase alguna pizca de energía que me hiciera llegar más lejos. Un último estirón. Rozo la pelota con la yema de los dedos. No es suficiente. La inercia me hace poder arrastrarme un centímetro más. Rozo de nuevo el balón. No es suficiente. Sigue su curso. Va hacia el poste de la portería. Un último gesto, un último movimiento. Toca en el poste, pero no se detiene. Una mano. Un balón…

Ruido ensordecedor. Lo oigo. Cierro los ojos. Me echo las manos a la cara. Suelto la pelota. Sonrío.

 

Por fin. Acabó.
Doctor Brown

Doctor Brown

Iba para inventor en los 50. Me quedé en el intento de escribir algo interesante. Vive y no dejes morir... de aburrimiento.

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