La vida es una sucesión de momentos y elecciones que provocan cambios en tu interior, tu bienestar y la seguridad que sientes con el trance que haya que vivir o dominar. Tu madurez depende de la capacidad de adaptabilidad que demuestres en cada una de esas situaciones. Hay quien no supera un rechazo y se pasa la vida huyendo de situaciones que puedan suponer frustración, como el padre de Marty McFly, que no invitaba a salir a Lorraine por si esta prefiriera ir al baile con otro tipo más macarra y menos tímido (ocurría en esa película de la que hablo y todo el que lea debería conocer). Del mismo modo, hay personas que quieren dar pasos adelante sin que su vida se modifique en lo más mínimo, que se respete su estructura en cuanto a siestas, fútbol y relaciones sociales. Y eso no es moverse, sino la definición de estatismo y, en parte, egolatría. A veces, se unen varios complejines de estos de Peter Pan porque a uno le han ido saliendo las cosas bordadas, nunca le han pedido que haga algo que no le apetece por si se cabrea o ha llegado a la adultez chupando de la teta paternal y zigzagueando entre deberes y obligaciones para escaquearse lo más posible. Y claro, de pronto le plantan un bebé en los brazos y le parece monísimo para las fotos, pero al rato está diciendo que qué ocurre con ese bicho que se pasa las noches graznando, que pide manduca cada par de horas, que no respeta los descansos, que te exige el título de manipulador de excrementos nacarados de olor penetrante y que, de cada veinticuatro horas, te permite disfrutar de unos escasos dieciséis minutos para ti. Que dónde tiene el interruptor de apagado, preguntas.
Julio Iglesias se ponía tierno diciendo que la vida sigue igual, pero no se refería a la crianza. Seguro que hablaba de las muchachas que conocía, de lo que pasaba tras los conciertos y de que los hijos que iba teniendo se los cuidaban unas asistentas muy profesionales. Su vida se mantenía porque podía permitirse el coste. La de una pareja de la Huerta del Rey, Canillejas o un barrio de Zamora se pone patas arriba al aparecer un heredero, y hay quien no lo asume. Nosotros ya estamos en las tres semanas de vida del niño. Hemos pasado la fase de querer comprar un lanzallamas y arrasar con todo, la de darse cabezazos contra la pared y la de los temores por la estupidez más absurda relacionada con el pequeño. Todo normal y lógico, según nos cuentan otros avezados exploradores de la paternidad. También es cierto que nos han llegado, por varios sitios, ecos de parejas a las que la situación les superó, que dieron con sus cansados huesos y deterioradas cabezas en la consulta de una terapeuta para que les ayudase a transitar esta nueva realidad. Nadie te prepara para lo que llega, no son matemáticas y no siempre la suma de premisas da el mismo resultado, pero creo que, como somos mayorcitos y tenemos pelos en partes pudendas desde hace tiempo, todos sabíamos a lo que veníamos. Lo que no se puede pretender es seguir quedando a comer los sábados, hacer café torero, echar unos bailes en un tardeo y pedir cena para casa durmiendo lo necesario para estar al día siguiente como una rosa. Esa ya no es tu vida. Y si no lo entiendes no es problema de las instrucciones que no contiene este viaje, sino de que te enrocas en tu posición mezquina y, probablemente, pagas con tu compañera de fatigas tu negación ante aquello que has elegido. Que estamos en el siglo XXI, amigo, y esto es una opción. Fundamental, básica, absoluta, pero se puede tomar la pastilla roja y seguir viviendo en tu Matrix particular. A lo que vamos, te vas a cabrear, desesperar, vas a estar menos guapo que nunca, arreglarse ocupa el último lugar e incluso verás, temporalmente, borradas tu personalidad, usos y costumbres. Pero la culpa, o el mérito, te corresponde en exclusiva. Cuando el chaval tenga diez años y meta un gol con la elástica del colegio, enseñarás el vídeo a todos tus colegas con más orgullo que cuando el padre de Iniesta mostraba a las señoras de Fuentealbilla lo de “Kalise para todos”. Pero claro, ahora lo único que puedes exhibir es la zurraspa del pañal de la pasada tarde, y no es algo de lo que presumir ni que parezca equilibrar la multitud de sacrificios que hay que hacer.
Si un psicólogo te ajusta el horizonte y puedes seguir caminando, bien empleado está. Quizá convendría haber partido de una posición menos optimista o más real, pero cada uno es cada uno y tiene sus taritas y sus manías. Hay que cambiar. Ya habéis cambiado. No desde que ha nacido, sino desde que en consulta os dijeron que un pequeño corazoncito latía por vosotros y que en unos meses viviría en la habitación del fondo sin pagar alquiler y exigiendo, sin saber hacerlo, el servicio de lujo del hotel. Hay que acoplarse. Recuerdo cuando mi mujer y yo nos comprometimos y, al día siguiente, ella me sugirió que, dado que en menos de un año íbamos a casarnos, quizá debería venirse a vivir conmigo. Mi primera reacción fue un lacónico «¿por qué?». Hubo fase de ajuste y ahora doy gracias cada día por haber traspasado aquel lapso. En caso contrario, el choque inmediato hubiese sido duro. Alguno dirá que, en el caso del bebé, el topetazo de realidad también llega al día siguiente. Pero, llámenme loco, los meses previos de citas médicas, compras que te colapsan la casa, adecuaciones de habitaciones y otros menesteres sirven de pretemporada para el día que empiece ese interminable partido que hay que jugar. Si no estás preparado, no te pongas la camiseta. Y si pretendes que nada de tu organizada existencia se menee, ya sabes: puedes ser Julio Iglesias. Aunque creo que ese papel ya está cogido.