(relato participante en el concurso de cuentos de NAVIDAD, organizado por ZENDA y patrocinado por IBERDROLA)

El mes de diciembre no significaba un cambio demasiado drástico para Ciprian. Acostumbrado a los vientos y nieblas propios de su país de origen, no le imponía que estos llegasen a la ciudad. Las luces y demás zarandajas eran otra cosa. Demasiados destellos para sus ojos y la mella que los años había hecho en ellos. Perdió las últimas gafas oscuras que había tenido hacía dos veranos, durante una mudanza imprevista. Y luego estaban los niños. Los malditos niños. 
 
La primera parte del mes se sobrellevaba sin problema. Sus escaleras, junto al supermercado de la calle Adolfo Miaja, estaban tan limpias como de costumbre. La gente que programaba sus compras para evitar las aglomeraciones futuras ya se sentía imbuida por el espíritu de la Navidad. Siempre había unos céntimos sobrantes que caían en su vieja lata de tomate. El consabido «buenas tardes, señor. Felices fiestas» hurgaba en los torturados y sensibles corazones de los pudientes que, como acto misericorde y de desagravio, soltaban esa chatarra que difícilmente les iba a sacar de la clase media.
 
En cambio la segunda… los días cercanos a Navidad… Esos eran una tortura. Necesaria, pero un tormento. Esos pequeños demonios que desayunaban hiperactividad y merendaban prisas y gritos desmontaban su prolífico y estable tenderete. Las mamás no podían pararse a sacar su caridad del monedero porque los hijos se caían por las escaleras (cosa que a Ciprian no le desagradaba). Las abuelas salían del supermercado hablando, con poca maña, por el móvil con cualquier familiar sobre las próximas cenas o comidas, sobre la disposición en la mesa u otro asunto banal. Si a eso le añadíamos que a duras penas sostenían las bolsas con el otro brazo, teníamos que tampoco sacaba nada de la llamada tercera edad (el eslabón más generoso de la cadena).
 

La dolorosa conclusión era que, además, en cuanto pasaban esas semanas y llegaba enero, la gente había olvidado su buen corazón y lo había colocado junto a los ajados envoltorios de regalos y cajas vacías. Por eso Ciprian deseaba que volviera la normalidad. La Navidad no significaba un aumento de su bienestar. Además, había más días de fiesta, con lo que sus jornadas «laborales» disminuían y, con ellas, la posibilidad de engordar el bolsillo (aunque estuviera algo agujereado). Lo comido por lo servido, con un extra de estrés.

En estas estaba un 5 de enero cuando una señora de bastante buen ver, y busto más visible aún, hizo que las puertas automáticas del establecimiento se abrieran:
 
– ¿Pero dónde andas?- le gritaba al teléfono.- Salimos cargados hasta arriba y no estás en la… ¡Claro que no hay sitio para aparcar, hombre! Por eso te he dicho que dieras una vuelta y no me has hecho ni…
 
La conversación perdió el poco interés que tenía para Ciprian cuando la mujer le dio la espalda. Las agradables vistas se ocultaron y él siguió a su habitual saludo, que había maquillado añadiendo un «feliz año, señora» de lo más convincente. De pronto notó una presencia demasiado cerca, más de lo habitual. Su primer impulso, defensivo, fue recoger la lata con su bastón y protegerse. Pero una vocecita surgió del límite del rabillo de su ojo izquierdo:
 
– Feliz año para ti también.
 
Apenas un metro de niña coronada con unos rizos rubios, unas gafas rosas de pasta y un abrigo que costaría el triple de lo que él podía sacar en todo ese mes le hablaba mirándole fijamente. Ciprian sabía el código a emplear con cualquiera que pudiera depositar unas monedas junto a él, pero con un «pollito»… Puso su característica cara de oso panda, sonrió y siguió saludando a su público potencial. Pero la niña insistía en la mirada. Y en el diálogo:
 
– ¿Has escrito la carta a los Reyes Magos?
 
– No…-acertó a balbucear.
 
La niña dudó, ladeó la cabeza y decidió contraatacar:
 
– ¿Te has portado mal?- Ciprian no daba crédito- No te preocupes. Yo cuando era pequeña me portaba mal todo el rato, tiraba las cosas y pegaba a mi hermano. Y me trajeron muchas cosas. También me dejaron una cartita diciendo que me portase mejor y que ayudase a papá y mamá. ¿Tú tienes papás?
 
– No…-susurró- Hace muchos años ya que no los tengo.
 
– Mi papá tampoco tiene papá, pero sí tiene mamá. Es mi abuela, ¿sabes?
 
– Sí, lo sé.
 
– ¿Sí?-respondió Carla sonriendo con los ojos muy abiertos- Es la que hace unas pechugas de pollo con queso riquísimas. Tiene el pelo muy blanco y está un poco gordita.
 
– Sí, hace poco pasó por aquí-le siguió el juego el mendigo -. Me dijo que si te veía te mandase un beso de su parte.
 
La niña volvió a abrir aquellos enormes ojos azules que brillaban con la ilusión de la inocencia y la vida por delante.
 
– Carla… ¡Carla!-reclamó su madre- Vamos.
 
El coche de su padre había llegado. Ciprian esbozó una sonrisa pícara, se quitó la gorra a modo de respeto ante una princesa y se despidió de la niña.
 
Su madre bajaba ya el primer escalón, pero la niña se soltó de su mano, se acercó a Ciprian y le regaló un minúsculo (como ella) beso diciendo: 
 
– No te preocupes que los Reyes son muy  majos, siempre dejan algo.
 
Mientras observaba como el automóvil arrancaba y desaparecía por el fondo de la calle, Ciprian pensó que debía haberse portado bastante bien aquel año. Los Reyes Magos le habían regalado la conversación más larga en meses. A la vez había sido la más alentadora y dulce posible. Se dijo a sí mismo que, quizá, fuera eso lo que los potentados llaman el espíritu de la Navidad. Se colocó según el protocolo habitual, ubicó su lata y, ante la nueva salida de un cliente, declamó: «buenas tardes, señor. Feliz…» No supo seguir. Miró al final de la calle y sacudió la cabeza a la vez que dejaba escapar una sonora carcajada.

Doctor Brown

Doctor Brown

Iba para inventor en los 50. Me quedé en el intento de escribir algo interesante. Vive y no dejes morir... de aburrimiento.

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