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Nada que comience con Let´s stay together, de Al Green, puede salir mal. Y, como no soy de raza calé, prefiero principios buenos.

Este sábado una pareja muy cercana decidió ambientar su primer baile «oficial» con esta canción. Y uno, que parece de roca pero es blandito por dentro, se enternece.

Parte del resto del magnífico entorno que acogió la boda, se llama familia. En la era de lo inmediato, la comida rápida el reguetón y la obsolescencia programada, puede parecer un término anacrónico. Pero, al menos en mi caso, engloba un modo de manejar la existencia fundamental para tener la cabeza sobre los hombros, vestirse como es adecuado y no convertirse, ante cualquier canto de sirena, en un auténtico gilipollas.

No tengo hechuras de Kal-El, pero la familia es mi «fortaleza de la soledad». Será porque no nos vemos demasiado a menudo y hemos aprendido a echarnos de menos. O quizá se deba a que nunca nos ha faltado tema de conversación para rellenar sobremesas o madrugadas, o confianza para ciertas confidencias. A pesar de enfados, riñas, disgustos y momentos menos brillantes, nunca hemos evitado un motivo para brindar o juntarnos alrededor de una mesa.

Ser familia viene de serie. En cambio, SER FAMILIA, con mayúsculas, se mama en casa. No se trata de ser amigos para siempre (means you’ll always be my friend), ni de dar la razón por delante (cosa que suele conllevar la puñalada por detrás). El cariño es el agua que discurre por ese cauce. La barca que lo navega tiene que incluir mucho de comprensión y algo más, incluso, de respeto. Y los árboles que circundan su itinerario son de la variedad «como te columpies, te pongo en tu sitio».

En la casa de la que hablaba se practicó la acogida desde que yo tengo memoria, y no debo recordar mal, porque el que llega es uno más al momento. El novio, mi nuevo primo, me decía: «estoy encantado y orgulloso de formar parte ahora de esta familia, entre otras cosas porque te sientes seguro, como si fuera un hogar al que volver, lleno de afecto». Creo que fue la emoción del momento, porque, si lo piensa fríamente, se dará cuenta de que lleva siendo uno más desde el primer día que su barba pelirroja apareció en un evento familiar, acompañando a la que hoy es su esposa.

Aquí eso de familia política no existe. Mis tíos lo son tanto como sus mujeres, que son las que portan el apellido original. Así debe ser si queremos cantarnos las cuarenta al jerol cuando sea menester.

No hay demasiados requisitos para entrar en este club: es costumbre ser de buen almorzar, mejor beber, jugar al mus y dormir la siesta. Sirve vino y prepárate para escuchar todos los años alguna historia que, aunque repetitiva, siempre nos hace sonreír. Las comidas suelen alargarse hasta la cena. La cocina es un consejo de sabias reservado por franjas de edad, aunque la siguiente generación hagamos esporádicas incursiones. Se suelen cantar villancicos, aunque con letra inventada. A las barbacoas se les llama chisquereta y el orujo acompaña al café. Somos de muchas ciudades (y países) diferentes, pero si nos preguntan en el pueblo, todos somos «de los de Vicente y Justina». Porque es verdad.

Nos damos besos al encontrarnos y abrazos al despedirnos (todos, y ya sumamos más de treinta personas). Las tres de la mañana es pronto si estamos charlando con una cerveza. Unas saben pintar, otros saben de números, algunas son artistas en lo suyo y otros somos aprendices de todo. Hemos llorado por adversidades en unos momentos y nos hemos cachondeado sin descanso en otros. Como la vida, dando cal y arena cuando toca. Pero juntos. Sin ocupar el espacio del resto, sin obligar o dirigir, pero juntos en los minutos importantes del partido.

Como decía al principio, esto surge de lo que ves, vives, escuchas y te enseñan. Tengo suerte, y lo digo sin ambages. Mi familia es mi refugio. Algunos dicen que los amigos son la tribu que se elige. Yo tengo de las dos. Una la escogí, y la otra, gracias a mis abuelos, me llegó regalada.

Dicho todo esto, bienvenidos sean los festivales gastronómicos, las fiestas de postín, las navidades con chimenea o los cumpleaños con tarta de abuela. La clave de cualquier familia es que los integrantes, por sangre o afinidad, se sientan parte de ella. Y aquí, como quizá debería ser en la mayoría, cada persona es un eslabón de la cadena. Y cuando, por desgracia, uno de ellos desaparece, el resto se une aún más, haciendo el vínculo más fuerte.

Así que hoy me voy a acostar escuchando la canción con la que iniciaba este corto (espero) relato y con la sensación de que esa familia de la que he escrito unas líneas sigue siendo uno de los pilares de mi vida. Da igual que lo basemos en comer bocatas de chorizo al horno, exquisiteces de un catering puturrú o bailando canciones actuales infumables. La familia. Siempre, la familia.

Doctor Brown

Iba para inventor en los 50. Me quedé en el intento de escribir algo interesante. Vive y no dejes morir... de aburrimiento.

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